SIN TITULO

Este es el segundo de una serie de cuentos que estoy publicando en este blog, cuentos escritos por mí en una época de mi vida en la que sentí que debía darle vida a por lo menos algunas de las historias que daban vueltas en mi mente y que a veces me pedían a gritos que lo hiciera. Obedeciendo a esas "voces" de los personajes que se encontraban encerrados en mi cerebro, me dediqué pues a graficarlos en un cuaderno, siendo esta la primera vez que estas historias se hacen públicas. Espero que quien los lea, los disfrute tanto como yo lo hice al redactarlos por primera vez...


SIN TITULO (la sorprendente historia de Julio Sánchez)

-No se qué me pasa, siento como que hoy no será un buen día amor.

Le dijo Julio Sánchez a su novia Darlin a las 9 de la mañana, aún en la cama.

-Si no tuviera que trabajar me quedaría acostado y no abriría esa cafetería de la porra. Toma, aquí tienes 500 pesos, ahorita pasaré por tu casa, me guardas algo de comer.

Julio Sánchez, mejor conocido en el mundo en el que se desenvolvía como “Yuyo”,  era un joven descrito como tranquilo por sus  vecinos en el barrio. Algunos incluso, los que no lo conocían bien, creían que era evangélico, ya que jamás le escuchaban maldecir ni alterarse en ningún momento. Era de carácter apacible y, aunque no conocían su proveniencia en el barrio, todos confiaban en él. Atendía la cafetería de un señor cascarrabias que, igual que los demás y muy a su manera, le tomó cariño. 

Ese día, día en que Yuyo no tenía siquiera deseos de levantarse de su cama, como todos los días abrió la cafetería y, justo cuando acababa de despacharle dulces a unos niños llegó una camioneta repleta de militares, rodearon el pequeño negocio, aprehendieron a Yuyo y luego se fueron.

Yuyo tenía un día libre en la cafetería, trabajaba todos los días excepto ese. Ese día la cafetería era atendida por su dueño, Mario. Los lunes nadie lo veía en el barrio hasta la mañana del martes cuando llegaba en un motoconcho y se disponía a abrir el negocio del viejo Mario, ni siquiera su novia Darlin sabía donde pasaba esas 24 horas, pero ella ya estaba acostumbrada a ello. Las veces que le preguntó a qué se dedicaba en su día libre, Yuyo siempre respondió con evasivas, así que ella dejó de cuestionarlo sobre eso y le restó importancia al asunto. De algún modo estaba segura de que Yuyo no le era infiel.

-No soy quien ustedes dicen que soy.
Respondía Yuyo a los interrogatorios de los militares que le apresaron y que lo maltrataban cada vez un poco más.

Yuyo fue maltratado por orden del jefe Emeterio, quien decidía con qué “instrumento” se le iba a golpear. Daba órdenes de zambullirlo en un tanque de agua hasta que parezca no tener vida, “pero con cuidado, no quiero que se vaya a morir el hijoelagramputa este”, decía; ordenaba ponerle una lata en la cabeza y golpearla estruendosamente hasta que  quedara inmóvil o la sangre que le salía por los oídos se veía caer en sus hombros; y así sucesivamente, parecía no acabársele el repertorio de torturas.

Pasaron tres meses en eso, Yuyo era golpeado cruelmente a diario frente al Jefe Emeterio, quien luego de ver cómo sus hombres lo maltrataban de las más viles maneras, ordenaba le tiraran comida de cerdo en el piso, “suficiente como para que no se muera de hambre, lo quiero vivo”.  

-Saquen al flaco de ahí, sinservir, unos hombres verdaderamente inteligentes encontraron al azaroso…- vociferó el jefe, y con una sonrisa de medio lado como ocultando algo de remordimiento prosiguió diciendo:
-Mala suerte la de este- y dirigiéndose a Yuyo le dijo:
-Hey, estás de buenas mijo, hoy nos dimos cuenta de que en verdad tenías razón, no mataste a mi hermano , dale gracias a Dios por eso, ya que se ha acabado tu infierno… y pórtate bien en la calle, trata de no caer de nuevo en mis manos.

Uno de los hombres que a diario le golpeaban le abrió la puerta. Yuyo estaba desgastado, cansado, adolorido. Tenia tres meses desaparecido, en lo único que pensaba era en volver a ver a Darlin, darle un abrazo y decirle lo mucho que la había extrañado durante todo ese tiempo.

Aunque en realidad Yuyo no había tenido nada que ver con la muerte del hermano del Jefe Emeterio, la verdad es que su incriminación no estaba muy lejos de ser cierta. Y es que nuestro protagonista cobraba 500 pesos semanales en la cafetería de Mario, pagaba 2000 de alquiler en el apartamento que vivía y siempre le daba algo a Darlin todas las mañanas. A veces comía en la casa de ella, pero otras salía a las doce y comía en un pica-pollo chino o en cualquier otro comedor. A Mario, Yuyo no le hurtaba un solo centavo, por lo que se deduce que de algún otro lado sacaba la diferencia entre lo que ganaba y lo que gastaba.

Yuyo, quien en el barrio era sólo conocido como Julio, en sus días libres se dedicaba a “equilibrar el mundo” como él mismo se decía tal vez para aquietar su conciencia. Todas las semanas hacía un encargo diferente para El Coyote, quien era una especie de ‘central’ para personas adineradas que por una razón u otra, querían quitar a alguien del medio.

Yuyo era su sicario favorito. El Coyote admiraba el arte con que Yuyo hacía su trabajo. Tenía 27 años y no era ostentoso, no era fanfarrón, no despertaba sospechas en el barrio en que vivía y nunca se quejaba de lo que le pagaran por el encargo, que no siempre tenían el mismo precio. Yuyo no tenía una rutina definida para cumplir con su trabajo. Mientras unas veces ahorcaba, otras electrocutaba o ahogaba y sólo cuando era necesario utilizaba un arma de fuego. Cuando Yuyo faltó a la primera reunión, El Coyote supo que algo no andaba bien. Ordenó investigaran su paradero, pero nadie pudo darle noticias de él. Llegó a pensar que, así como él a veces hacía desaparecer personas sin que se encontraran siquiera rastros de ellas, decidió hacer consigo mismo, tal vez por algún retorcijón de conciencia.

Mario estaba que echaba chispas los primeros días de su desaparición. Nadie vió aparentemente a los militares que rodearon la cafetería. La gente no sabía que había pasado con Julio, Mario sabía que no se había ido por robarle, porque cuando llegó a la cafetería la encontró con la ventana por donde se despachaba cerrada, la puerta trasera abierta y todo el dinero y la mercancía adentro. 

-¡Darlin mi amor!
-¡Julio… de verdad eres tu!, ¿Qué demonios te ha pasado? ¿Dónde diablos estabas? ¿Qué fue…?
Decía Darlin como sin saber qué preguntar primero, sin dar chance a que sus preguntas sean respondidas y sin acercarse mucho a Yuyo como si no se tratara del hombre con el que tantas veces compartió la cama.
-Debes ir a que un médico te vea- le dijo, y continuó:
-mmm te presento a mi novio, Wander…

En ese instante la sonrisa, que había empezado a borrársele de la cara cuando notó la frialdad de su novia amada, terminó por convertirse en tristeza. Una tristeza que duró sólo un segundo en la cara de Yuyo para pasar inmediatamente a rabia, una furia indescriptible se apoderaba de todo su herido y sobremaltratado  cuerpo.

-¡Es que desapareciste, no me llamabas, no supe nada de ti jamás, Julio!- dijo Darlin fingiendo tristeza también.
-Ok… ok, ok- decía Yuyo moviendo la cabeza repetidas veces como quien dice que si y apretando los labios.
-Wander era el único que estaba ahí conmigo cuando yo lloraba por ti. Siempre me dio lo que necesitaba, dinero, apoyo… me ayudó a olvidarte y a sentirme mejor.

En eso intervino Wander:
-Muy bien, ya ta bueno. Papá, tu te desaparecite, tú perdite. Así eh la vida, alguien tiene que perdé siempre. Ya vámono Dalin que se no va a hacé tarde.
-Adiós Julio.
Yuyo se limitó a bajar la cabeza como quien busca la solución a un problema de matemáticas y casi la tiene pero no logra terminar de descifrarla.

-Oye tú, mira a ver quién es ese que viene acercándose, ve alcánzalo… y si no lo conoces, mátalo y tíralo al rio. Hoy no estoy de humor para recibir visitas inesperadas.- dijo El Coyote mientras se tiraba en el sofá en la casa de reuniones. Era lunes y acababa de despachar su gente a hacer los encargos de esta semana, no había muchos y por eso se habían quedado algunos de los hombres ahí abajo haciendo historias y bebiendo cervezas.

-Coyote, necesito un arma, un motor y ropa limpia…
-¡Yuyo! Mi hijo, ¿donde te has metido? Mírate, ¿te dejaste agarrar?...
-Tengo algo que resolver, por favor, consígueme lo que te he pedido y cuando vuelva te cuento lo sucedido, ¿si?
-Está bien, tú sabes que aquí siempre tendrás las puertas abiertas. Ahí hay ropas, busca algo que te quede, date un baño que hiedes a cerdo y luego de que comas algo te daré lo demás.

Mario no confiaba en nadie y por eso se dedicó a atender él mismo su cafetería. Sabía que no soportaba a los niños, que era su principal clientela, pero también sabía que no encontraría a nadie tan honesto y tan bien visto en el barrio como Julio para atenderle su Negocito.

-Te lo dije, ese chamaco nunca me impiró confianza. ¿Tu vé? Parece que se le fue la mano metiendo droga y ya no tuvo con qué pagá y lo agolpiaron. Pero no te preocupe Dalin que ese tipo no sale conmigo ni cagando. La prósima vé que te molete dime, que donde lo jalle lo vua acabá de reventá… -decía Wander al momento que escuchó el rastrillar de una pistola detrás de él.
-Suelta el teléfono, levanta las manos y date la vuelta.
Era Julio. Tenía una pistola con un silenciador  apuntándole a la cabeza.
-¿Sabes qué?- dijo Yuyo –es cierto lo que me dijiste esta tarde.
-Aah, me asutate, pero yo sabia que era relajando, jejeje…
Yuyo lo interrumpió:
-Ni si quiera lo intentes. Si bajas las manos te mato de una. Cuando dije que tenías razón, me refería a que alguien tiene que perder…
… y ahora te tocó a ti.
Diciendo esto, le disparó en la frente. Un disparo en la frente con una pistola con silenciador, silenció la boca de Wander para siempre y Yuyo se anotaba uno más.

Yuyo levantó el celular del lado del cadáver y, mientras caminaba le dió a remarcar la última llamada…
-Aló, Wander, me dejaste hablando sola ahorita, ¿qué pasó?
-¿Dónde estás?
-En mi casa ¿por qué? Respondió Darlin al parecer sin percatarse de que hablaba con su ex novio.
-Sal, necesito verte ahora, afuera...

Cinco minutos más tarde Darlin yacía en la acera del frente de su casa con un disparo en la frente idéntico al que lucía su novio en ese preciso instante.
Antes de dispararle Yuyo le explicó que lo hacía “porque debía hacerlo. Porque un hombre no debe ser humillado… porque descubrí que a ti sólo te interesa el dinero y, lo más importante, porque tú podrías delatarme y yo no puedo volver a caer preso”.

Encontraron los cadáveres, los sepultaron. Nunca supieron lo que había pasado. La policía no tenía ni rastro de quién había sido el asesino, sin embargo, para calmar los ataques de la prensa y de las familias de los muertos, tenían apresado a dos jóvenes de un barrio aledaño, a los que les adjudicaron los crímenes. 

-Buenos días jefe- Le dijo Yuyo al Jefe Emeterio en el baño de su casa mientras lo apuntaba con la misma pistola con la que hacía un mes había ejecutado a su ex novia.

Continuó diciendo:
-He pasado muchos días estudiándolo de lejos. Tiene usted un muy deficiente equipo de seguridad. Debería de pagarles más y tratarlos mejor… bueno “debió de” ¿verdad?
-¿Flaco, te salvo la vida y así me pagas?... Ni creas que vas a salir de aquí vivo eh…
-Jefe, cállese y deje de disimular que se está muriendo de miedo. Esa cara en nada se parece a la del que me maltrató durante tanto tiempo injustamente. Pero eso me sirvió para darme valor para hacer lo que hasta ahora he hecho. Me he dedicado a estudiarlo de tal forma que sabía que en este preciso instante nadie impediría mi entrada hasta su casa. Que vendría al baño como todos los días, y que puedo torturarlo todo lo que quiera porque todos están lo suficientemente lejos como para no oír su llanto, ya que nadie soporta el mal olor que sale de este baño cuando usted se sienta a defecar  y a pensar en las maldades que hará durante el día que recién comienza…

-… ¿no intentará escapar? ¿Está congelado? Usted me maltrató todo lo que quiso y yo nunca sentí miedo, sin embargo, ese liquido que le corre ahora mismo por las piernas es producto del pánico que esta sintiendo en este instante. ¿Sabe qué, “Jefe”? Tengo un plan para matarlo lentamente como usted hizo conmigo, pero lo mejor de todo, es que yo aún después de muerto seguiré humillándolo…

En ese momento Yuyo sacaba una nota que llevaba en el bolsillo de la camisa, se la pasó al Jefe Emeterio y le dijo:

-…Léala, léala en voz alta…

-“Hemos decidido quitarnos la vida juntos porque ya no soportamos la presión de la sociedad, siempre nos hemos amado y nos seguiremos amando por toda la eternidad… Emeterio y Julio por siempre”… hijo de la gran puta, te juro que…

-Pásame la nota y no hables mas mi amor- dijo Yuyo en un tono burlón.
Luego de arrancarle la nota le hizo un disparo en la rodilla derecha. El Jefe gritó como un niño, mas nadie le escuchó.

-¡No grites, aguanta como un hombre! Además ya te dije que nadie te escucharía- dijo Yuyo parado en la puerta con la pistola en la mano.

Otro disparo, ahora en la pierna izquierda. Luego otro en la mano derecha… otro en la mano izquierda y, finalmente, cuando El Jefe ya estaba a punto de morir desangrado… uno en la sien.

Hecho esto, Yuyo se sentó al lado del Jefe sobre el charco de sangre que de este había emanado, le colocó la nota abierta sobre el pecho y se  dio un tiro en la sien.

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