Lo bueno de la pandemia: Conferencia dictada en la II Semana de la Filosofía UASD

 

15 de noviembre 2021

En esta ponencia pretendo defender tres tesis:

1.       La pandemia ha evidenciado problemas educativos que en realidad son problemas anteriores a ella.

2.       Hemos alcanzado grandiosos aprendizajes a propósito de la pandemia en materia de educación.

3.       Corremos el riesgo de perder todo lo que hemos logrado.

Recientemente el profesor Felipe Martínez Rizo, de la Benemérita Universidad Autónoma de Aguascalientes, publicó un artículo en el que resalta los aprendizajes que a su juicio debe sacar en limpio su país de la experiencia reciente vivida con la pandemia del Covid-19. Cabe acotar que los puntos que toca son muy similares a nuestra realidad dominicana.

Anterior a eso, en plenos tiempos de confinamiento por la pandemia, el destacado profesor nuestro, a la sazón director de investigaciones de la Facultad de Humanidades, Dr. Leonardo Díaz, había publicado un artículo que tituló “Gatopardismo educativo”, en el que hacía un llamado de atención para evitar que aquellos cambios, provechosos para la educación en sentido general, y las falencias que pudieran ponerse de manifiesto por la nueva realidad, no quedaran simplemente en lo que se conoce como un “gatopardismo”, es decir, cambiar todo para que nada cambie.

Anterior a esos dos trabajos, en un artículo científico publicado en el año 2020, este su servidor, llamaba la atención sobre algunos puntos que aun hoy considero fundamentales a tener en cuenta para lograr un verdadero cambio en la educación dominicana.

Los tres textos citados, de algún modo guiarán estas breves palabras que dirijo a ustedes en esta ocasión.

La República Dominicana, desde hace aproximadamente 10 años, ha estado enfrascada en un intento por cambiar el enfoque del estilo de la educación que se imparte, primero empezando por la educación técnico profesional, luego por la educación formal (es decir, los niveles inicial, primario y secundario) y, finalmente, la educación superior, es decir, las universidades.

El cambio que se propone es educar bajo un modelo por competencias, que implica cambiar de manera radical los conceptos más elementales de la educación. Se prioriza el constructivismo, la evaluación pasa a jugar un papel distinto, haciendo énfasis en su función formativa (es decir, evaluar durante el proceso para poder ayudar al estudiante a mejorar en aquellos puntos en que tiene mayores dificultades para alcanzar las competencias esperadas, etc.), y el profesor pasa también de ser, más que un educador, a ser un facilitador que permite que sus alumnos construyan conocimientos que han de verse evidenciados en unas competencias específicas.

La pandemia del Covid-19 nos encontró en medio de estos avatares. Según algunos íbamos bien avanzados. Según otros, y en eso incluyo mi artículo científico de 2020 que cité hace un momento, aun presentábamos falencias importantes para una implementación real y cabal del modelo que, aunque tiene muchos detractores, especialmente desde el ámbito de las humanidades, cuando uno se acerca y estudia sus bases teóricas, se da cuenta de que tiene muchas virtudes, si se logra aplicar tal como se ha concebido.

Lo que dice el profesor Felipe Martínez Rizo, básicamente es que casi nadie advirtió que, la mayoría de los problemas que la pandemia supuestamente trajo consigo, son los mismos problemas que venimos arrastrando desde hace tiempo. Solo que con la pandemia y el confinamiento se pusieron de relieve.

Entre los problemas que cita el profesor Rizo, que son aplicables al sistema educativo dominicano, están los siguientes:

1.       Que no es posible sustituir la educación presencial, especialmente en los primeros años de la educación, es decir, los primeros niveles de la educación formal. Mas ello no significa que la educación a distancia no sea un sucedáneo eficaz para otros casos, especialmente en los niveles superiores.

2.       Que la brecha que separa a aquellos estudiantes que proviene de contextos desfavorables de los estudiantes que provienen de contextos favorables es muy grande, es enorme, especialmente en lo que respecta al acceso a las tecnologías de la información y comunicación.

3.       Que las escuelas que reciben a los alumnos pobres también poseen menos recursos (de personal, instalaciones, equipo, entre otros), que aquellas a las que van los alumnos de contextos más favorables.

4.       Entre otras observaciones, Rizo sostiene que las prácticas docentes mas frecuentes no son las necesarias para llevar a los estudiantes a desarrollar competencias complejas.

En ese punto el profesor Rizo hace un llamado a no continuar con las mismas prácticas sistémicas ante una vuelta a la normalidad sanitaria.

En el artículo Educación por competencias en la República Dominicana, publicado en el 2020, pero escrito en el 2019, antes de la pandemia, se llama la atención sobre algunas condiciones estructurales que mellan una óptima implementación del modelo educativo por competencias en el país.

Por ejemplo, citamos el hecho de que en el sistema formal se contempla que un profesor trabaje en aulas “unas 33 horas a la semana, de las 40 que debe permanecer en el centro, dejando siete horas para el trabajo de planificación organización del trabajo, corrección y seguimiento de las evaluaciones, entre otros asuntos propios de la labor docente” (Santana, 2020). En artículo se hace mención también de que, además de eso, un/a docente de una asignatura como Lengua Española, que es una de las que más horas tiene por secciones, exige que el/la docente imparta docencia en unas 5 secciones. En promedio, una sección tiene unos 30 estudiantes (y sabemos que estoy siendo conservador), lo que significa que ese profesor o profesora “tendrá un aproximado de 150 estudiantes a los cuales deberá dar seguimiento de manera individual en esas 7 horas para que logren las competencias que se supone deben lograr (o las que puedan lograr según sus condiciones y posibilidades singulares) en esa asignatura”.

“…la característica esencial de la evaluación en el modelo por competencias, es decir, el hecho de que su principal función sea formativa, que busque dar información al profesor de los aspectos que debe reforzar en su grupo y con cada participante con miras al logro de los objetivos, obliga también al docente a mantenerse en constante modificación de su planificación diaria, pues será cada vez que evalúe que se dará cuenta de los puntos que deberá reforzar en los encuentros posteriores y para cuáles alumnos y alumnas de manera específica deberá trabajar tal o cual tema o usar cierta estrategia para ayudarlo al logro de la competencia.”

La pandemia vino a poner esto en evidencia con una mayor exacerbación. Pero como vemos, no es un problema nuevo.

Por otro lado, el profesor Leonardo Diaz, refiriéndose a un contexto de educación superior, en el artículo que mencioné anteriormente, “Gatopardismo educativo”, apunta lo siguiente:

Hasta hace poco, “muchos burócratas, encargados de políticas educativas, autoridades y profesores se resistían a la educación virtual… ya que su único referente de la educación es la presencial consistente en cátedras magistrales, esa es su zona de confort epistémico”.

“La pandemia los ha forzado -dice textualmente Leonardo Díaz- a aceptar a regañadientes otro modelo educativo, pero solo lo ven como el medicamento amargo que se toma por un periodo establecido de tiempo hasta que todo vuelva a la normalidad”.

Muchos docentes, continúa el Dr. Díaz, creen que una clase sincrónica a distancia consiste en el monólogo de un profesor por una plataforma de videoconferencia durante tres horas todas las semanas de un cuatrimestre, y no reparan en que un curso virtual encaja en un modelo cuya característica principal es la flexibilidad y la diversidad de los recursos de aprendizaje, con los que se puede, desde conectar a los estudiantes con un académico destacado de otro país, pasando por el visionado de un video de YouTube que les incite a la reflexión, presenciar un conversatorio en una universidad lejana, hasta discutir en foros nacionales o regionales sobre situaciones problemáticas relacionadas a su asignatura.

¿Pero cuál es el punto?

Finalmente lo que quiero destacar aquí es que, si bien los efectos nefastos de la pandemia son reales y ni se pueden ni se deben obviar, en materia de educación hay mucho que aprender, pues, además de acentuar problemas viejos, trajo consigo ideas, recursos y posibilidades ingentes de cambios en la educación.

Están las posibilidades mencionadas por el profesor Leonardo Díaz en el artículo citado, pero además de ella, están también la capacitación a la que se vieron forzados prácticamente todos los profesores de todos los niveles para hacer uso de las herramientas tecnológicas en la docencia.

A eso se suma la inversión que hicieron las distintas instituciones educativas para tener vías virtuales de contacto propias, plataformas privadas que permitieran llevar a cabo una docencia a distancia con calidad.

Se suma también el entrenamiento que tuvieron los estudiantes, ya por talleres y cursos, ya por la propia práctica que, de manera tácita genera un conocimiento en ellos, para un uso más o menos adecuado de las TIC en su educación.

Todo esto, si bien puede integrarse a las soluciones futuras de manera sistémica en la educación, no necesariamente está siendo así. Y la propuesta aquí es también un llamado de atención: si seguimos igual que antes de conocer de primera mano las potencialidades adicionales de un buen uso de las tecnologías en la educación, todo lo logrado, poco a poco, quedará en el olvido, cuando cada profesor vuelva a las aulas a impartir cátedras magistrales y los estudiantes vuelvan simplemente a sentarse a esperar que el tiempo pase, porque después de los primeros 15 o 20 minutos, tal y como demuestran estudios psicológicos, ya les es imposible mantener la atención en el profesor.

Concluyo insistiendo: corremos el riesgo de que, si se sigue igual, la vuelta a la normalidad terminará por dejar en el olvido todo lo logrado.

No hay comentarios

Añadir comentario