El amor es una falacia

 

“El amor es una falacia”. Tomado de Los muchos amores de Dobie Gillis de Max Schulman

(Adaptación Fernando Aurelio López)

 

Capítulo I

 

Yo era frío, absolutamente racional, lógico. Agudo -calculador, perspicaz, certero y astuto- todo eso era yo. Mi cerebro era tan poderoso como un dínamo, tan preciso como las balanzas de un químico, tan penetrante como el bisturí de un médico. Pero, sobre todo -¡piensen en esto!- solo tenía 18 años.

No sucede a menudo que alguien tan joven tenga un intelecto tan gigantesco. Tomen, por ejemplo, a Peter Bellows, mi compañero de cuarto en la universidad. La misma edad, el mismo origen social, pero tonto como un buey. Un tipo bastante agradable, pero sin nada en la cabeza. Del tipo emocional. Inestable. Impresionable. Y lo peor de todo, esclavo de la moda. Opino que las modas son la verdadera negación de la razón. Ser arrastrado por cada nueva locura que llega, rendirse a la idiotez sólo porque todos los demás lo hacen -esto, para mí, es la cima de la irracionalidad-. Sin embargo, no lo era para Peter.

Una tarde lo encontré tirado en su cama con una expresión tal de desesperación en su cara, que inmediatamente diagnostiqué apendicitis. “No te muevas”, le dije. “No tomes ningún laxante. Llamaré un médico”.

  “Mapache”, murmuró con voz ronca.

  “¿Mapache?” pregunté, deteniéndome en mi carrera.

  “Quiero un abrigo de mapache”, se lamentó Peter.

Me di cuenta de que su problema no era físico, sino mental. -“¿Por qué quieres un abrigo de mapache?”

  “Debí haberlo sabido”, gritó, golpeándose las sienes. “Debí haber sabido que volverían cuando el Charleston volvió. Como un estúpido gasté todo mi dinero en libros de texto y ahora no puedo comprarme un abrigo de mapache.”

  “¿Quieres decir”, dije incrédulamente, “que la gente realmente está usando abrigos de mapache de nuevo?”.

  “Todos los grandes hombres del campus los están usando. ¿Dónde has estado?”

“En la biblioteca”, dije, nombrando un lugar no frecuentado por los grandes hombres del campus.

Peter saltó de la cama y se paseó por el cuarto. “Tengo que tener un abrigo de mapache”, dijo apasionadamente. “¡Tengo que tenerlo!”.

-“¿Por qué, Peter? Míralo desde una perspectiva racional. Los abrigos de mapache son insalubres. Echan pelos.

Huelen mal. Pesan demasiado. Son desagradables de ver. Son…”

  “Tu no entiendes”, me interrumpió con impaciencia. “Es lo que hay que hacer. ¿No quieres estar en onda?” – “No”, respondí con toda verdad.

  “Bueno, yo sí”, declaró. “Daría cualquier cosa por un abrigo de mapache. ¡Cualquier cosa!”.

Mi cerebro, ese instrumento de precisión, comenzó a funcionar a toda máquina. “¿Cualquier cosa?”, pregunté mirándolo escrutadoramente.

  “Cualquier cosa”, respondió en tonos vibrantes.

Golpeé mi barbilla pensativamente. Sucedía que yo sabía cómo poner mis manos sobre un abrigo de mapache. Mi padre había tenido uno en su época de estudiante. Ahora estaba en un baúl en el altillo de mi casa. También sucedía que Peter tenía algo que yo quería. No lo tenía exactamente, pero tenía los primeros derechos sobre eso. Me refiero a su chica, Polly Espy.

Por mucho tiempo yo había ambicionado a Polly Espy. Permítanme enfatizar que mi deseo por esta joven no era de naturaleza pasional. Ella era una chica que me excitaba las emociones, pero yo no era alguien que fuera a dejar que su corazón gobernara su cabeza. Quería a Polly por una razón enteramente cerebral, calculada astutamente.

Yo era un estudiante de primer año de leyes. En pocos años saldría a practicar la abogacía. Era bien consciente de contar con el tipo adecuado de esposa para promover la carrera de un abogado. Los abogados exitosos que yo había observado estaban, casi sin excepción, casados con mujeres hermosas, gráciles e inteligentes. Polly llenaba estas características perfectamente: con una sola omisión… Era hermosa. Aún no tenía las proporciones de una modelo, pero yo estaba seguro de que el tiempo supliría la falta. Era grácil. Tenía una distinción al caminar, una libertad de movimiento, un equilibrio, que claramente indicaba la mejor educación. En la mesa sus modales eran exquisitos. La había visto en un restaurante comiendo la especialidad de la casa -un sándwich que consistía en trozos de carne asada, salsa, nueces picadas y aderezo- sin ni siquiera humedecerse los dedos. Pero…, inteligente no era. De hecho, se orientaba en la dirección opuesta. Pero yo creía que bajo mi guía ella se despertaría. En todo caso, valía la pena hacer un intento. Después de todo, es más fácil hacer inteligente a una hermosa niña tonta que hacer hermosa a una inteligente niña fea.

 

 

  “Peter”, le dije, “¿estás enamorado de Polly Espy?”.

  “Pienso que es una gran chica”, contestó, “pero no sé si llamarlo amor. ¿Por qué?”.

  “¿Tienes”, le pregunté, “algún tipo de arreglo formal con ella? Me refiero a sí es tu novía o algo por el estilo.”

  “No. Nos vemos bastante, pero ambos tenemos otras citas. ¿Por qué?”

  “¿Existe”, pregunté, “algún otro hombre por el cual ella sienta algún cariño en particular?” – “No que yo sepa. ¿Por qué?”.

  “En otras palabras, si tú estuvieras fuera del cuadro, el campo estaría libre. ¿No es así?”

  “Supongo que sí... ¿Qué demonios estas tramando?”

  “Nada, nada”, dije inocentemente, y saqué mi maleta del ropero.

  “¿Adónde vas?” preguntó Peter.

  “A casa por el fin de semana”. Puse alguna cosas dentro de la valija.

  “Escucha”, me dijo, tomándome del brazo con entusiasmo, “mientras estás en tu casa, ¿podrías conseguir algo de plata de tu viejo, podrías…, y luego, tal vez podrías prestármela para que yo pueda comprarme un abrigo de mapache?”

“Puedo hacer algo mejor que eso”, dije haciéndole un misterioso guiño; cerré la puerta y me fui.

 

Capítulo II

 

“¡Mira!” le dije a Peter cuando volví el lunes en la mañana. Abrí de golpe la maleta dejando ver el grande, peludo y deportivo objeto que mi padre había usado en su años mozos.

  “¡Oh mi dios!”, dijo Peter reverentemente. Hundió sus manos en el abrigo de mapache y luego hundió su cara. “¡Oh mi dioooos!” repitió quince o veinte veces.

  “¿Te gustaría tenerlo?”, le pregunté.

  “¡Oh sí!” gritó, apretando la grasienta piel contra su cuerpo. Aunque, luego una mirada prudente apareció en sus ojos: “¿qué quieres a cambio?”

-“A tu chica”, dije sin escatimar palabras.

  “¿A Polly…?” dijo en un horrorizado suspiro. “¿Quieres a Polly?” – “Así es”.

Lanzó el abrigo lejos. “¡Jamás!”, dijo resueltamente.

Yo me encogí de hombros. “Okey, si no quieres estar en onda, es asunto tuyo.”

Me senté en una silla y me hice el que leía un libro, pero con el rabillo del ojo me mantuve vigilante observando a Peter. Era un hombre destrozado. Primero miró el abrigo, con la expresión de un hambriento ante la vitrina de una pastelería. Después se dio vuelta y levantó la barbilla resueltamente. Luego, volvió a mirar el abrigo, aún con mayor deseo reflejado en su rostro. Luego se dio vuelta, pero no con tanta resolución esta vez. Finalmente, ya no dio vuelta la cara; se quedó mirando fijamente el abrigo, enloquecido por el deseo.

  “No es que yo estuviera enamorado de Polly”, dijo con voz ronca. “O que fuera mi novia, o algo por el estilo” – “Es cierto” murmuré.

  “Ha sido solo una relación casual –sólo unas pocas risas, eso es todo” – “Pruébate el abrigo”, dije.

Aceptó. El abrigo sobresalía por arriba de sus orejas y caía hasta abajo, hasta la punta de sus zapatos. Se veía como una montaña de mapaches muertos. “Me queda estupendo”, dijo feliz.

Me levanté de mi silla. “¿Es un trato?”, pregunté, extendiéndole la mano. Tragó saliva. “Es un trato”, dijo, apretando mi mano.

 

 

Capítulo III.

 

Tuve mi primera cita con Polly la tarde siguiente. Fue una especie de examen. Yo quería averiguar cuánto tendría que trabajar para lograr que su mente llegara al nivel que yo requería. Primero la llevé a comer. “Fue una comida riquísima”, dijo cuando salimos del restaurante. Después la llevé al cine. “Fue una película padrísima”, dijo al salir del teatro. Y luego la llevé a su casa. “La pasé súper”, dijo al despedirse.

Volví a mi cuarto con el corazón apesadumbrado. Había subestimado gravemente la magnitud de mi tarea. La falta de conocimiento de esta niña era espeluznante. Tampoco bastaría simplemente con proporcionarle información. Primero, había que enseñarle a pensar. Este parecía un proyecto de no pequeñas dimensiones, y al principio estuve tentado en devolvérsela a Peter. Pero luego empecé a pensar en sus abundantes encantos físicos y en el modo como entraba a una habitación y la manera en que manejaba el cuchillo y el tenedor, y decidí hacer un esfuerzo.

Procedí en esto, como en todas las cosas, sistemáticamente. Le di un curso de lógica. Sucedía que yo, como estudiante de leyes, había tomado un curso de lógica, por lo que tenía los datos al dedillo.

         “Polly”, le dije, cuando la pasé a buscar en nuestra siguiente cita – “esta noche iremos a caminar hasta el parque y conversaremos”.

         “¡Oh, ¡qué bien!”, dijo. Una cosa debo decir de esta niña: es difícil encontrar otra tan fácil de agradar.

Nos fuimos al parque principal, el lugar de citas del campus, y nos sentamos bajo un viejo roble. Ella me miró expectante. – “¿De qué vamos a conversar?”, dijo.

         “De lógica”.

Lo pensó por un momento y decidió que le agradaba.

         “¡Oh…., suena padre!”, dijo.

         “La lógica”, dije, aclarando mi garganta, “es la ciencia del pensamiento. Pero antes de que podamos pensar correctamente, debemos aprender primero a reconocer las falacias más comunes de la lógica. Nos ocuparemos de ellas esta noche”.

         “¡Bravo!” gritó, aplaudiendo con anticipado placer.

Yo sentí encogérseme el corazón, pero continúe valientemente. “Primero examinemos la falacia denominada Dicto Simpliciter”.

         “¡Claro que sí!” rogó Polly batiendo sus pestañas con entusiasmo.

         Dicto Simpliciter es un argumento en el que se aplica, de manera impropia, una generalización a casos individuales. Por ejemplo: el ejercicio es bueno. Por lo tanto, todos deberían hacer ejercicio.”

         “Estoy de acuerdo”, dijo Polly con entusiasmo. “Me refiero a que el ejercicio es maravilloso. Quiero decir que mantiene el cuerpo en forma y todo…”

         “Polly”, le dije amablemente, “el argumento es una falacia. Decir que el ejercicio es bueno para todos es generalizar lo que sólo se acepta para ciertos casos. Por ejemplo, si sufres de una enfermedad del corazón, el ejercicio es malo para ti. A muchas personas sus médicos les ordenan no hacer ejercicio. Es necesario limitar la generalización. Debes decir que el ejercicio es casi siempre bueno o que el ejercicio es bueno para mucha gente, pero no para todos sin excepción. De lo contrario, estarás cometiendo Dicto Simpliciter. ¿Te das cuenta?

         “No”, confesó. “Pero haz más! ¡Haz más!”

         “Seria mejor si dejaras de tironearme de la manga”, dije, y cuando desistió continué: “A continuación, tomemos la falacia llamada Generalización Apresurada. Escucha atentamente: tú no hablas francés, yo no hablo francés y Peter tampoco habla francés. Por lo tanto, debo concluir que nadie en la universidad sabe hablar francés.” – “¿De veras?” dijo Polly, incrédula. “¿Nadie?”.

Oculté mi desesperación. “Polly, es una falacia. La generalización se hace apresuradamente. Hay muy pocos ejemplos para apoyar tal conclusión.”

         “¿Conoces más falacias?”, pregunto ansiosamente. “Esto es más entretenido que ir a bailar”.

Luché contra una ola de desesperación. No estaba llegando a ninguna parte con esta niña, absolutamente a ninguna parte. Sin embargo, si hay alguien persistente, ese soy yo. Así que continué. “Ahora viene la Post Hoc. Escucha esto: “no llevemos a Bill a nuestro picnic. Cada vez que salimos con él, llueve.”

         “Conozco a alguien así”, exclamó. “Es una chica de mi pueblo, Eula Becker se llama. Nunca falla cada vez que la llevamos a un picnic…-”.

         “Polly”, la interrumpí cortante, “es una falacia. Eula Becker no es causa de que llueva. No tiene ninguna relación con la lluvia.

Si le echas la culpa a Eula Becker, eres culpable de Post Hoc.”

         “No lo volveré a hacer nunca más”, prometió afectada. “¿Estás enojado conmigo?” Suspiré. “No, Polly, no estoy enojado”. – “Entonces, cuéntame más falacias”

Consulté mi reloj. “Pienso que basta por esta noche. Te llevaré a casa ahora y tú repasas todas las cosas que aprendiste. Tendremos otra sesión mañana por la noche.”

 

Capítulo IV

 

Sentados bajo mismo el roble, la noche siguiente, le dije: “nuestra primera falacia de esta noche se llama Ad Misericordiam”. Ella tembló de gusto.

         “Escucha atentamente” dije. “Un hombre solicita un trabajo. Cuando el jefe le pregunta cuáles son sus méritos, contesta que tiene esposa y seis hijos en casa, que la esposa es inválida sin remedio, los niños no tienen qué comer, ni qué ropa ponerse, ni zapatos en sus pies, que no hay camas en la casa, ni carbón en la despensa y el invierno está llegando”. Una lágrima rodó por cada una de las rosadas mejillas de Polly. – “¡Oh! Esto es horrible, horrible”, gimoteó.

         “Si, es horrible” acepté, pero no es un argumento. El hombre nunca respondió la pregunta del jefe sobre sus méritos. En vez de eso, apeló a la piedad del jefe. Cometió la falacia Ad Misericordiam. ¿Comprendes?”.

         “¿Tienes un pañuelo?”, dijo entre sollozos.

Yo le alargué un pañuelo y traté de no gritar mientras ella se enjuagaba los ojos. “Ahora”, dije en un tono cuidadosamente calculado, “discutiremos la Falsa Analogía. He aquí un ejemplo: a los estudiantes se les debería permitir consultar sus textos de estudio durante los exámenes. Después de todo, los cirujanos tienen rayos X para guiarlos durante una operación, los abogados tienen los códigos para guiarlos durante un juicio y los carpinteros tienen planos para guiarlos cuando construyen una casa. Entonces, ¿por qué los estudiantes no pueden mirar sus textos durante los exámenes?”.

         “¡Por supuesto!” dijo con entusiasmo, “es la idea más sensacional que he escuchado en años.”

         “Polly”, le dije exhausto, “el argumento está completamente mal. Los doctores, los abogados y los carpinteros no están presentando exámenes para probar cuanto han aprendido, pero los estudiantes, sí. Las situaciones son completamente diferentes y no puedes establecer una analogía entre ellas.”

         “De todos modos, creo que es una buena idea” dijo Polly.

 

         “Tonterías” murmuré. Luego continué: “Ahora examinaremos la Hipótesis Contraria a los Hechos.” – “Suena exquisita” respondió Polly.

         “Escucha: si Madame Curie no hubiera dejado por casualidad una placa fotográfica en un cajón junto a un trozo de pecblenda, el mundo actual nunca hubiera conocido el radio.”

         “Cierto, cierto”, dijo Polly asintiendo con la cabeza. “¿Viste la película? Oh, me fascinó. 

         “Me gustaría hacerte notar que esa afirmación es una falacia. Tal vez Madame Curie habría descubierto el radio en una fecha posterior. Tal vez otra persona lo habría descubierto. Un montón de cosas podrían haber pasado… No puedes empezar con una hipótesis que no es verdadera y luego deducir alguna conclusión que sea sostenible a partir de ella.”

Una oportunidad más, decidí. Pero sería la última. Hay un límite para la resistencia humana. “La próxima falacia se llama Envenenar la fuente”.

         “¡Oh!” exclamó.

         “Dos hombres están participando en un debate. El primero se levanta y dice: ‘mi oponente es un conocido mentiroso. Ustedes no pueden creer una sola palabra de lo que va a decir’… Ahora Polly, piensa. Piensa bien. ¿Qué está mal?”.

La observé con atención mientras su linda frente se arrugaba en un esfuerzo de concentración. De pronto, un leve resplandor de inteligencia -el primero que yo veía- se asomó a sus ojos. “¡No es justo!”, exclamó con indignación. “No es justo en lo más mínimo. ¿Qué oportunidad tiene el segundo hombre si el primero lo llama mentiroso antes de que empiece a hablar?”.

         “¡Correcto!” grité, exultante. “Ciento por ciento correcto. No es justo. El primer hombre ha envenenado la fuente antes que cualquier persona pudiera beber de ella. Ha imposibilitado la defensa de su oponente antes que haya podido siquiera empezar. Polly, estoy orgulloso de ti.”

         “Mmmm” murmuró, enrojeciendo de placer.

         “Ya ves, querida, estas cosas no son tan difíciles. Todo lo que tienes que hacer es concentrarte. Pensar, examinar, evaluar.

Veamos, revisemos todo lo que hemos aprendido.”

         “Estoy lista”, dijo ella, haciendo un grácil movimiento en el aire con su mano invitándome a disparar.

Fortalecido al constatar que Polly no era totalmente estúpida, empecé un largo y paciente repaso de todo lo que le había enseñado. Una y otra y otra vez le cité los casos, los ejemplos, le indiqué las faltas, repasando sin descanso. Era como cavar un túnel. Al principio, todo era trabajo, sudor y oscuridad. No tenía idea de cuando alcanzaría la luz, o siquiera si la alcanzaría. Cinco agotadoras noches tomó este trabajo, pero valió la pena. Había logrado convertir a Polly en una persona lógica, le había enseñado a pensar. Mi trabajo había terminado. Por fin ella era digna de mí. Ahora ella era la esposa adecuada para mí, la anfitriona adecuada para mis muchas mansiones, la perfecta madre para mis acaudalados hijos. Había llegado el momento de cambiar nuestra relación de académica a romántica.

         “Polly”, le dije la próxima vez que nos sentamos bajo nuestro roble, “esa noche no vamos a hablar de falacias.” – “¡Qué pena!” dijo ella, desilusionada.

         “Querida”, le dije, obsequiándole mi mejor sonrisa, “ya hemos pasado juntos cinco noches. Nos hemos llevado espléndidamente bien. Es evidente que estamos hechos el uno para el otro.”

         “Generalización Apresurada”, exclamó ella. “¿Cómo puedes afirmar que estamos hechos el uno para el otro sobre la base de solo cinco citas?”

Reí para mis adentros con placer. La niña preciosa había aprendido bien su lección. “Querida”, dije, acariciando su mano con pequeños golpecitos tolerantes, “cinco citas es mas que suficiente. Después de todo, no es necesario comerse el pastel entero para saber que está bueno.”

         “Falsa Analogía”, respondió Polly prontamente. “Yo no soy un pastel, soy una niña.”

Sonreí para mis adentros con un poco menos de placer. La querida niña había aprendido su lección tal vez demasiado bien. Entonces decidí cambiar la táctica. Obviamente el mejor abordaje era una simple, firme y directa declaración de amor. Me detuve un momento mientras mi potente cerebro elegía las palabras adecuadas. Entonces comencé:

         “Polly, te amo. Tu representas todo el mundo para mí, la luna y las estrellas y todas las constelaciones del espacio exterior. Por favor, querida mía, di que aceptarás ser mi novia. Si no lo haces, mi vida carecerá de sentido. Languideceré, me rehusaré a comer y vagaré por la faz de la tierra como un viejo barco tambaleante y con los ojos vacíos.” Listo, pensé, cruzando mis brazos. Esto debería lograrlo.

         “Ad Misericordiam” dijo Polly.

Rechiné los dientes. ¡Me había convertido en Frankestein! Había creado un monstruo y este me tenía agarrado del cuello.

Desesperadamente luché contra la ola de pánico que me inundaba; a toda costa tenía que mantener la calma. – “Bien Polly”, dije, esforzándome por sonreír, “realmente aprendiste las falacias” – “¡Por supuesto que sí!” dijo con un vigoroso movimiento de cabeza.

         “¿Y quién te las enseñó, Polly?”

         “Tú fuiste.”

         “Correcto. Por lo tanto, me debes algo, ¿no es cierto, querida? Si yo no hubiera aparecido, tú nunca habrías aprendido nada acerca de las falacias.”

         “Hipótesis Contraria a los Hechos”, replicó Polly al instante.

Sacudí con violencia el sudor de mi frente. “Polly” gruñí, “no debes tomar estas cosas tan literalmente. Quiero decir que esto es solo materia de clases y tú sabes que las cosas que se aprenden en la escuela no tienen nada que ver con la vida.” – “Dicto Simpliciter”, dijo ella, levantando burlonamente su dedo hacia mí. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. “¿Serás mi novia o no?” – “No lo seré”, respondió.

         “¿Por qué no?”, pregunté.

         “Porque esta tarde le prometí a Peter Bellow que sería su novia.”

Caí hacia atrás abrumado por la infamia de Peter. Después de que prometió, que hizo un trato conmigo, que me dio la mano.

“¡Maldito!”, grité pateando el pasto. “No puedes irte con él, Polly. Es un mentiroso. Un tramposo. Es una rata.”

         “Envenenar la fuente” dijo Polly, “y ya deja de gritar porque creo que gritar para convencer debe ser una falacia también.” Con un enorme esfuerzo de voluntad modulé mi voz: “Muy bien”, dije. “Eres una persona lógica. Miremos las cosas lógicamente. ¿Cómo pudiste escoger a Peter Bellow en lugar de escogerme a mí? Mírame: soy un estudiante brillante, un gran intelectual, un hombre con el futuro asegurado. Mira a Peter: un cabeza hueca, un patán si oficio ni beneficio, un tipo que nunca sabrá donde obtendrá su próxima comida. ¿Podrías darme una razón lógica por la cual deberías convertirte en la novia de Peter Bellow?” – “Por supuesto que puedo” dijo Polly. “Tiene un abrigo de mapache.”

 

 

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