Por Edwin Santana
(Artículo de Opinión)
Las personas que tienen dos dedos de frente (como suelo llamarle a aquellos que hacen gala de luces, de un entendimiento superior a la media, al menos en mi ambiente), tienen y expresan una opinión respecto al “sistema de cosas” que estamos viviendo en la actualidad (hoy en día, dirían nuestros periodistas).
Mi profesora, la Dra. Elsa Saint-Amand Vallejo, doctora en filosofía, músico y con muchos otros lauros que le adornan física y espiritualmente, me decía que los seres, humanos o no, actúan movidos por una “programación” creada por factores externos que les hacían ser como son en su conducta y, como lo diría Xavier Zubiri, en su habitud, por lo tanto, el ladrón no roba porque simplemente tomó la decisión de robar, sino que ha sido ‘programado’ para eso y, por ende, no es feliz robando… y así, desde ese punto de vista aborda la maestra otros temas, como por ejemplo el caso de los políticos dominicanos y su descredito. Elsa Saint-Amand es spinozista.
El análisis de la realidad actual de mi admirable y respetado compañero, el filósofo-articulista Joaquín Méndez, es un poco más complejo, incluso rayando en lo tétrico y paranoico. En sus artículos sobre “El nuevo orden mundial”, ha dejado claro que entiende que todo lo que estamos viviendo, entiéndase sistemas políticos, económicos y sociales, lo que se publica en la prensa, lo que se proyecta en el cine, los libros más populares que se publican y un largo etcétera, responde a la voluntad de un grupo relativamente reducido que busca imponerse sobre la humanidad, dominarla y, eventualmente, exterminarla.
Joaquín Méndez es metafísico y tiene una concepción del génesis que no difiere mucho de la hipótesis de los annunnakis.
Por otro lado, el Dr. Rafael Báez Bisonó, en su libro Filosofía de la delincuencia, asegura que estamos viviendo la “moral del asigún”, que viene siendo una adaptación del relativismo moral de los sofistas contemporáneos del gran Sócrates, que afirmaban que todo era según el color del cristal con que se mire. Y dice el doctor Báez que hay una pérdida de la ética exactamente igual a la que ha precedido los grandes cambios de la historia de la humanidad, como, por ejemplo, la caída del imperio romano.
Los tres pensadores citados entienden –y en esto estamos de acuerdo- que la historia merece, pide y/o necesita un cambio de rumbo; coinciden en que ese cambio sólo será posible haciendo conscientes a los seres humanos de que lo que están haciendo, sea porque lo deciden, sea porque se ven empujados, o porque se sientan felices, debe tomar otra línea, otra dirección para evitar, en opinión de unos, la pérdida total de la ética y la moral desencadenando en el caos generalizado, y en opinión de otros un tanto más trágicos, el exterminio de la humanidad al menos tal y como la conocemos.
Y en este punto expongo brevísimamente mi óptica del asunto haciendo uso de los dedos de frente que me tocaron:
Estamos en centro de corrientes extremistas. La gente de a pie, el pueblo, la gran mayoría o como quiera llamársele expresa, respecto a la situación actual y el provenir, en unos casos, un pesimismo extremo (Esto no lo aguanta nadie, esto no lo arregla nadie, cosas van de mal en peor, antes todo era mejor) y en otros casos, un optimismo extremo: “pidan y les será concedido”, “ten fe que todo llega”, “querer es poder”, “todo lo que te propongas lo puedes lograr”…
Como lo diría Aristóteles, los extremos son peligrosos y, personalmente, es a lo que le temo: unos no hacen nada porque no vale la pena intentar cambiar el mundo porque “una sola golondrina no llama agua” (ya todo está escrito) y otros, los que no le están dejando todo a la fe, están persiguiendo objetivos inalcanzables porque “el que persevera triunfa.
Yo creo que los autores citados dirían conmigo al unísono: “Hay que despertar”.
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