La ciencia contra los
bulos. Una mirada reflexiva a la situación global actual.
Esta situación nos demuestra que es casi imposible poner coto a la desinformación que prolifera en las redes del cibermundo, puesto que la propia OMS ha hecho esfuerzos en coordinación con las principales compañías de redes sociales y con Google para limitar y eliminar contenido que desinforme y que provoque pánico, pero la avalancha parece ser demasiado grande como para ser contenida por las medidas adoptadas, dado que seguimos viendo todo tipo de información no confiable a través de esos medios.
Por Edwin
Santana Soriano
En el marco
del pasado V Congreso Dominicano de Filosofía y IV Precongreso Centroamericano
de Filosofía, celebrado del día 14 al 17 del mes de octubre del pasado año
2019, tuvimos la oportunidad de compartir con el público presente algunas de
nuestras reflexiones en una conferencia que titulamos: “Infoxicación, el nuevo
reto para la Ciencia y la Filosofía”.
En la actividad, abordamos la cuestión de la sobrecarga de
información que propicia el cibermundo a través de
la internet, las redes sociales, y hasta a través de medios de comunicación
tradicionales como radio y televisión, y la planteábamos como un problema
determinante a la hora de enfrentarnos a una situación que amerite discriminar,
discernir o reflexión profunda. A ese
bombardeo y sobrecarga de información que contiene tanto información verdadera
como no verdadera, le denominamos infoxicación, resituando el concepto
propuesto por Cornella (2010).
Asimismo, propusimos como necesaria una nueva epistemología
o cibernética de segundo orden, como corpus teórico que oriente el quehacer
científico parido en el seno de las nuevas circunstancias, luego de plantear la
diferencia entre información y conocimiento, conceptos elementales que pueden
servir a la hora de pensar la cibersociedad.
Finalmente explicamos cómo, en ese mundo virtual o
cibermundo, la palabra información ha devenido en sinónimo de contenido, y se
da lugar a una tipología doble de sujetos virtuales o cibersujetos: los sujetos
que generan contenidos y aquellos que son reproductores y difusores de esos
contenidos; además de una tercera categoría, la que consume el contenido que
incluye ambos sujetos: tanto el que produce como el que difunde.
Como se sabe, la difusión de contenido en el cibermundo no
está regulada por ningún tipo de autoridad, y esa situación provoca que, cuando
una persona se enfrenta a la necesidad de gestionar información, para producir
conocimientos o con la intención de tomar decisiones, se halle ante el problema
de la sobrecarga de informaciones distintas y contradictorias.
Este es el principal problema al que se enfrenta cualquiera
que intente documentarse con el fin de hacer reflexión en torno la situación actual.
El internet y las redes del cibermundo constituyen una fuente obligatoria y
necesaria para lograr cierto nivel de completud al momento de informarse para
construir juicios adecuados a la realidad, pero esa misma fuente constituye una
urdimbre de datos que dificulta tal tarea, cuando no induce al pánico.
En la conferencia denominábamos como infoxicación a ese
fenómeno de exceso de información que, entre otras cosas, afecta una idónea apropiación social de la
ciencia y además impide ver la realidad con claridad. La Organización Mundial
de la Salud (OMS) recientemente habla de “infodemia”
para referirse a esa sobreabundante información que dificulta a las personas
dar con fuentes confiables para obtener la orientación que necesitan, pues la
OMS considera que, en las circunstancias actuales, ha sido mayor el pánico que
ha suscitado la desinformación en torno al Covid-19 que los estragos reales que
ha provocado la pandemia.
Sobre el Covid-19 se han compartido, desde noticias de falsas
formas de prevenir el contagio o eliminar los síntomas (como consumir
bebidas calientes, o esnifar
cocaína, que han sido desmentidas), pasando por las infaltables teorías
de conspiración (como que se trata de un experimento que busca reducir
la población mundial, o que solo es el principio de una guerra
biológica mundial), hasta llegar al absurdo de promover como cierto que en China,
epicentro de la enfermedad, se están levantando
los muertos, como si de una película de zombis se tratase (esto a pesar de
que la propia página
que generó el contenido advierte que se trata de una broma).
Y estos son sólo algunos ejemplos, ya que por los servicios
digitales de mensajería hay circulando una serie de audios y videos “informando”
u “orientando” sin ninguna sustentación científica, pero que se autoatribuyen
validez y autoridad. Todos ellos son ejemplo de infoxicación y, como le llama
la OMS a este caso particular, constituyen una infodemia que se propaga de una
forma más vertiginosa -y peligrosa- que el propio virus.
Lo grave de esa infoxicación, es que pone en peligro vidas
humanas al obstaculizar la lucha contra la enfermedad y su contención, aparte
del pánico que genera, que para nada es saludable.
Esta situación nos demuestra que es casi imposible poner coto a la desinformación que prolifera en las redes del cibermundo, puesto que la propia OMS ha hecho esfuerzos en coordinación con las principales compañías de redes sociales y con Google para limitar y eliminar contenido que desinforme y que provoque pánico, pero la avalancha parece ser demasiado grande como para ser contenida por las medidas adoptadas, dado que seguimos viendo todo tipo de información no confiable a través de esos medios.
Además, se plantean dos situaciones que vale la pena pensar:
los medios tradicionales de transmisión de noticias cumplen la función de
informar a la población para que, en situaciones como esta, tenga informaciones
confiables para saber cómo está la situación a nivel local, regional, nacional
e internacional; así como cuáles acciones debe llevar a cabo el individuo para
participar como ente productivo que se suma, en este caso, a una lucha en
contra de una enfermedad pandémica. Sin embargo, esos medios tradicionales, en
la medida en que van “comunicando” las cantidades de infectados, de fallecidos
y las medidas estatales que se van recrudeciendo para la contención de la
enfermedad, dado que le dedican mucho tiempo a hablar sobre el virus,
contribuyen al pánico de las personas.
Una salida que se podría pensar de manera ligera para lidiar
con esa situación podría ser “controlar”, desde una institución especializada,
la cantidad de información que se transmite. No obstante, se corre el peligro de
caer en una dictadura en la que la Censura oficial sea la que determine qué,
cuándo y cómo se informa a la población. Ergo, hay que pensar otras salidas.
La otra situación es que, el hecho de que, ante la situación
actual, las empresas de redes sociales hayan hallado la forma de controlar, a
través de robots de censura la calidad de la información que se comparte, nos
dice que existe la posibilidad de que las redes del cibermundo también sean dominadas
y controladas en una situación de autoritarismo para vigilar e intervenir lo
que se comunica por esas vías, con los evidentes peligros que esto trae
consigo.
De ahí la imperiosa necesidad, tal y como propusimos en
aquella conferencia, de establecer, desde la cibernética de segundo orden, teorías epistemológicas
suficientes con una potencialidad heurística que, junto con una nueva ética de
la información, minimicen todos esos riesgos estipulados en el presente texto,
ya que el Covid-19 nos ha dado la oportunidad de probar empíricamente, cuan
nociva puede llegar a ser la infoxicación.
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